Introducción

Libertad

S hay algo que permanece a pesar de inviernos y primaveras, de máximos y mínimos, es el deseo por la libertad.

Enmarquemos en la historia Dominicana estos meses posteriores a las revueltas que ocurrieron en febrero por la privación de uno de nuestros derechos, el derecho al voto.

Mirar algunas semanas atrás y ver entre la gente una pasión indomable por la justicia y la total desaprobación a la corrupción. Jóvenes de diferentes edades, diferentes estatus sociales y diferentes religiones, todos se daban cita en aquel lugar casi sacro, La Plaza De La Bandera.

Les unía una misma causa y tras el paso de los días pareciese que lo habían logrado… sin embargo la vida es muy irónica, y entre una estación y otra solo unas cuantas horas nos separan.

El verde de las hojas tras el otoño pierde su entonación y se esfuma poco a poco para dar paso a los amarillos, los ocres, los rojos y los naranjas, e incluso allí encontramos belleza.

Salmos 103:15-16

“El hombre, como la hierba son sus días; Florece como la flor del campo, Que pasó el viento por ella, y pereció, Y su lugar no la conocerá más.”

Hoy por hoy no hay nadie en aquella plaza, y los corazones valientes yacen tras paños de bloques, vigas, columnas, acero y hormigón. Ya no fue un partido, sino un virus que si creado o no, no es de nuestra importancia, sino que, nos recordó que en un día lo verde puede convertirse en otro color, incluyendo el rojo.

¿Por qué nos lo han recordado? Porque la fragilidad de la vida es una de las lecciones más difícil de entender por asentada que parezca pues aquel que derrotó a Goliat cayó por una mujer.

Pero, sí hay algo que permanece a pesar de inviernos y primaveras, de máximos y mínimos, es el deseo por la libertad. Hacer lo que quiero teniendo plena responsabilidad de mis actos, sean buenos o malos.

No obstante, ¿Cómo el hombre puede ser frágil y al mismo tiempo anhelar un deseo superior a el mismo? ¿Realmente somos capaces de alcanzarlo? Y… ¿Existe la libertad? Porque basta unos cuantos segundos para darnos cuenta de que a través de los años el hombre solo ha ido cambiando de amo, y en ocasiones ese amo somos nosotros mismos, bien lo dijo el Apóstol Pablo en su magnífica carta a los Romanos:

Romanos 7:24

«!!Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?»

Ingeniero Civil por profesión y se la da en teólogo por vocación. Le encantan las historias pero sobre todo un buen café. Líder principal de Ministerio Para Cristo.

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