Reflexión

¿La gloria de quién?

Dios es el artista y toda la gloria le pertenece a Él.

Luces, cámara, acción…

Me puse de pie frente al estadio, las ovaciones del público se acumulaban estrepitosamente, los aplausos, las pancartas, el público aclamaba a los artistas que habían participado en la historia.

Miré a mi alrededor, el momento que tanto esperaba finalmente había llegado. El pueblo me aclama, pensé. Después de tanto esfuerzo había alcanzado lo que me costó tanto construir y debía disfrutar mi momento.

Los aplausos duraron 1 minuto y 40 segundos, nos pusimos al frente, saludamos a la audiencia y nos despedimos, ¿Esto era todo? Me pregunté, una obra para la que trabajamos por años se presentó en tan solo unas horas.

Me acerqué a mi camerino, donde todo estaba en silencio, observé mi rostro, cansado y con arrugas, ¿En qué había gastado mi tiempo? Busqué disipar mis pensamientos, el artista que tanto aclamaban hace un momento, ahora estaba sumergido en la soledad. Rebusqué entre mis cosas, procurando distraer mi mente y alejar la depresión.

Me encontré con varias notas, imágenes mías en el auditorio, libros, alhajas y recuerdos de una vida que ya no era mía. Luego vi un libro azul marino, forrado de terciopelo y con un nombre que me traía muchos recuerdos. Empecé a leer el libro de Mateo, mi corazón no podía entender cómo pude alejarme de tanta sabiduría, llegué hasta el libro de Hechos y el remordimiento se apoderó de mí.

«¡NO! ¿Cómo puedes leer un libro al que deliberadamente ignoraste? Si decidiste buscar tu fama, tus negocios, te olvidaste de quién era el Artista. No mereces acercarte a Él porque Él es demasiado bueno», eran los pensamientos que cargaban mi mente.

Me lancé al suelo y no pude evitar llorar, había olvidado lo bueno que era leer su palabra, había una batalla interna en mí y no sabía a cuál voz escuchar.

Sentía que mi corazón se hacía añicos, mi orgullo había perforado una relación que me costó años construir. Me alejé de mi familia, de mis amigos, de la iglesia, con la excusa de llevarle gloria a Él, ¿Será que estaba ciego? Hoy veo las marcas de mi cuerpo y no puedo entender cómo había llegado hasta aquí.

Recordé a la anciana de la iglesia, la que llevó la palabra a mi familia, y la historia que siempre contaba sobre un hijo que se alejó de su casa y su Padre lo recibió con tanta alegría que preparó una fiesta para él. Debía encontrar ese pasaje, recuerdo que en mi infancia era mi historia favorita y Doña Marta siempre la leía para mí, corrí, me topé con ese libro retador una vez más, ansioso de leer esta historia con la esperanza de devolver el gozo a mi alma.

Busqué, busqué y busqué, y aunque no lo pude encontrar, hubieron otros pasajes que infundieron vida en estos huesos secos.

Salmo 34:4 NVI

«Busqué al Señor , y él me respondió; me libró de todos mis temores».

Salmo 63:3 NVI

«Tu amor es mejor que la vida; por eso mis labios te alabarán».

Salmo 103:3‭-‬5 NVI

«Él perdona todos tus pecados y sana todas tus dolencias;  él rescata tu vida del sepulcro y te cubre de amor y compasión;  él colma de bienes tu vida y te rejuvenece como a las águilas.»

No pude evitar contenerme, ¿Cómo un Dios tan santo, puro y justo podría tener misericordia de este vil pecador? Pero su Palabra hablaba a mi vida y me recordaba que no se trataba de las cosas que yo hiciera o dejara de hacer, se trataba de su gracia.

¿Había invertido los años de mi juventud buscando llevar la gloria de quién? No era la gloria de Dios, era la gloria mía. Mi ego, mi necesidad de aprobación. Me había desgastado en buscar algo que no me pertenecía y por eso me sentía tan vacío.

Y ahí estaba yo, en un camerino que llevaba mi nombre, en el epicentro de mi fama, en el motivo de mi aflicción, sintiéndome como un fracaso, como una misión fallida, sin identidad y sin propósito.

Doña Marta me lo advirtió y yo no la escuché, me creí maestro en mi propia sabiduría. Repasé nuestras conversaciones en mi mente, ella siempre me enseñaba con ternura y autoridad.

Me había contado esa historia, recuerdo que eran dos hermanos muy felices en la casa de su padre, y un día el menor de ellos le pidió la heredad a su papá, y habiéndola recibido, se fue lejos y desperdició todo su dinero, llegando a tener tanta hambre que deseaba tener la comida de los cerdos. El joven sintió mucha pesadumbre, se preguntó como estaría si se hubiese quedado en la casa de su padre, y en humillación decidió volver hacia él. Contrario a lo que nosotros haríamos, este padre amoroso le recibió con los brazos abiertos y realizó una fiesta para él.

Ese hijo soy yo, me alejé de mi Padre celestial y ahora puedo ver con claridad que mi vida le pertenece a Él. Sequé mis lágrimas, lavé mi rostro, me puse un atuendo nuevo, y me arrodillé en oración.

Me arrepentí por mis pecados de una vez y para siempre, sentía como Dios me abrazaba y me daba la bienvenida a su casa otra vez. Le prometí que volvería a la iglesia y restauraría la relación con mi familia. El peso del pecado fue disminuyendo, empecé a sentirme renovado, limpio, justificado e inmensurablemente amado, con una paz que no podía entender. Preparado para emprender el nuevo viaje y ansioso por escuchar otra vez las palabras:.

Luces, cámara, acción…

Pero esta vez, con Dios como protagonista. Él es el artista y toda la gloria le pertenece a Él.

Santificada por gracia y cargada de optimismo. Líder de evangelismo en MPC y de jóvenes en la iglesia ACYM Casa de Paz.

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