Reflexión

La Grandeza de la Humildad

¡Qué belleza hay en descubrir que nuestra identidad solo a Él le pertenece!

¿Cuándo te sientes más grande?

Quizás te has sentido grande cuando vas al supermercado y tienes que “hacer cosas de adultos” mientras compras tu nueva air fryer, cuando ganas un premio, cuando terminas una carrera, o quizás cuando vas al médico, te mides y ves lo alto que estás (a diferencia de mí, jajaja).

¿Y por qué pasa esto? Estamos acostumbrados a ver la vida por competencias, nuestro valor de acuerdo a los estándares de este mundo está intrínsecamente relacionado con lo que podemos hacer, lo que podamos lograr. La persona más admirada por todos es aquella que tiene miles de seguidores, dos carros, una casa grande, una maestría y otras cosas materiales.

Pero no hemos aprendido así de Cristo…

La Palabra de Dios nos enseña algo totalmente diferente, y esto es debido a una verdad muy simple:

«Mis pensamientos no se parecen en nada a sus pensamientos—dice el Señor—. Y mis caminos están muy por encima de lo que pudieran imaginarse. Pues así como los cielos están más altos que la tierra, así mis caminos están más altos que sus caminos y mis pensamientos, más altos que sus pensamientos». Isaías 55:8-9 NTV

¡Sus caminos son más altos que los nuestros! Si nos vamos a la Palabra de Dios, muchos de los grandes personajes de la Biblia que hoy admiramos, no tenían nada de eso, eran considerados pequeños a los ojos de la humanidad, pero había cualidades que con la ayuda de Dios, los hacían verse enormes. El mejor ejemplo es Jesús.

La historia nos habla de un hombre que estaba a punto de ser entregado, era completamente inocente y aun así, estaba a punto de recibir la muerte a manos de pecadores, de la forma más vil que se conocía en esa época, la muerte de cruz. Ese hombre había venido del cielo, rodeado de gloria y majestad, y se despojó a sí mismo para ser igual a nosotros.

Sabiendo que iba a ser entregado a mano de uno de sus seguidores más cercanos, se encontraba cenando con sus discípulos, a quienes amó hasta el fin. Y pudiendo haber elegido tantas cosas, tomó dos armas tan poderosas que trastornaron el pensamiento de los más sabios: Una toalla y agua.

¿Para qué las usaría? ¿Se sentaría a disfrutar el aire fresco? ¿Bebería de ella? ¿La utilizaría para demostrar un principio poderoso y eterno? La opción número tres no encaja con nuestra perspectiva humana para lo que estaba sucediendo en esta situación, pero es la respuesta verdadera.

El Señor se quitó su manto, y se sentó para lavar los pies de sus discípulos demostrando que en el corazón del Rey del universo, se encontraban las personas. Hay espacio para nosotros en el corazón del Señor, tanto así, que teniendo todo el dominio completo, autoridad y poder (Efesios 1:21), se hizo “pequeño” y efectuó el acto más sencillo y profundo que haya realizado un líder de tal magnitud.

Ofreció este servicio a personas que no lo merecían, incluyendo a alguien que posteriormente lo  entregaría para morir. Él usó su poder para servir, enseñándonos que la mayor grandeza es la humildad y que cuando servimos, nos parecemos más a Él.

“…¿Entienden lo que he hecho con ustedes?, ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien porque lo soy”. (Juan 13:12-13) NVI

Su humildad no empañó quién era realmente, Él seguía siendo ese maravilloso Hijo de Dios quien se despojó de su gloria, para habitar con nosotros y preparar el camino de salvación, el mismo que eligió un burro para su entrada triunfal, un pesebre para nacer y la casa de pecadores para cenar. Pero nosotros no lo entendemos…

Anhelamos lo pasajero y descuidamos lo eterno, nos quedamos con la espuma y olvidamos el chocolate, cambiamos la bendición abundante de Dios por un plato de lentejas, pero ¡Qué grandeza hay en ser pequeños!

¡Qué belleza hay en descubrir que nuestra identidad solo a Él le pertenece!

¡Qué hermoso saber que el Creador de todas las cosas, vino a vivir en humildad!

Es un gran momento para reflexionar en qué podemos hacer para menguar al yo, y dejar que Cristo reine.

¿Cómo podemos ser pequeños hoy?

  • Haciendo silencio y escuchando lo que otros tienen que decir.
  • Honrando a quienes están a nuestro alrededor.
  • Dejando un hábito dañino.
  • Buscando a Dios en oración y a través de su Palabra.
  • Reconociendo las fallas.

¡Acompáñame a orar!

Señor, reconozco tu grandeza, reconozco que muchas veces fallo y me olvido de ti pero debo saber que solo tú eres la respuesta. Soy grande cuando soy pequeño/a, y no sé qué sería de mí sin ti. Ayúdame a ser más como tú, y a saber que quienes me rodean también forman parte de tu creación. Necesito más de ti, quiero entender tus enseñanzas maestro. Gracias porque todos los bienes provienen de ti, y solo en ti puedo depositar mi confianza. En el nombre de Jesús, amén.

 

 

 

Santificada por gracia. Locutora, maestra, y amante de los chistes malos. Eternamente agradecida.

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