Gracia

RESURRECCIÓN EN UN MUNDO QUE MUERE

Guerras, enfermedades, escasez de recursos naturales y pobreza son los escenarios que últimamente nos ha tocado presenciar. ¿Cuánto vale la vida de un niño que nace en Estados Unidos? ¿Cuánto vale la vida de un niño de Gaza? No debemos responder la pregunta ante la fragilidad de una sociedad que se le ha vendado los ojos y no quiere ver la realidad.

El que era bueno ya no es tan bueno a no ser que él mismo cuente la historia. Esto no es nuevo, y es contraproducente que el mundo haya avanzado tanto en diversas áreas, pero sigue estancado en el egoísmo, la frialdad, la injustica y el odio.

Ante la evidente muerte de todo lo que vemos, se ha puesto la mirada en lo futuro, en la vida más allá de esta que se nos va, pero:

  • “¿Qué debo hacer para tener la vida eterna?” Preguntó un Maestro de la Ley a Jesús. – San Lucas 10:25 TLA

La respuesta es sencilla hasta que se pone en práctica, amar no es fácil y se complica aún más cuando nos toca amar al que la sociedad lo tilda de antagonista.

“Pero el maestro de la Ley no quedó satisfecho con la respuesta de Jesús, así que insistió:

—¿Y quién es mi prójimo?”- San Lucas 10:29 TLA

Jesús magistralmente cuenta una historia en donde el levita y el sacerdote, los 2 estándares morales ante el pueblo Judío son los malos de la trama. ¿Se imagina usted eso? En el campo dicen “se le cayó el santo del altar”

¿Qué sucede en nuestro mundo si un relato hace ver que la “mejor” gente obra mal y solo la “peor” persona obra bien? Usted tendrá de introducción un sinnúmero de oposiciones y posiblemente en algunos contextos le puede costar la vida, pero fue exactamente esto lo que hizo Jesús al contarle a una audiencia Judía del siglo I la parábola del Samaritano.

Hoy varios siglos después, el término “Buen Samaritano” no goza del significado que en su momento tuvo, hoy entendemos “Buen Samaritano” como una persona que hace algún bien a un extraño, sin embargo, en el Siglo I, decir “Buen Samaritano” era una paradoja, un oxímoron, algo parecido a decir “Circulo Cuadrado” si algo tenían claro los Judíos es que “Bueno” y “Samaritano” no podían coexistir.

 

De allí tenemos la famosa frase:

“La samaritana le dijo:

—¿Por qué me pides agua si tú eres judío y yo soy samaritana? Le dijo eso porque los judíos no se tratan con los samaritanos.”- San Juan 4:9 PDT

Así que llamarle Bueno al Samaritano ya era un desafío a la audiencia. Pero ¿Quién es el Samaritano hoy día? Samaritano es cualquier persona que haya sido considerado el malo por algún prejuicio social sin antes evaluar su conducta. Hoy día el desafío sigue vigente, el mundo se nos muere y nosotros aún no hemos extendido nuestra mano al Samaritano, porque en nuestro cuento el sigue siendo el malo, ¿Por qué? porque eso fue lo que nos contaron.

De modo que si queremos hablar de vida eterna es necesario responder correctamente la pregunta, y para responderla debemos despojarnos de los prejuicios sociales y de esas expectativas falsas que siempre se ha tenido, ¿Por qué sí salió algo bueno de Nazaret no puede salir algo bueno de Palestina? De modo que, no soy bueno por ser Levita, no soy malo por ser Samaritano, lo que define quien es el bueno en la historia es el que obra en bien, pues se nos ha dicho muchas veces: “Por sus frutos lo conocerán” y no he leído que sea por su apellido o nacionalidad.

Finalmente, todos en la historia vieron al necesitado, pero solo uno le rescató y fue el Samaritano, el desdichado y despojado tuvo compasión, y es que, cuando vemos el mundo desde los ojos del que sufre se aprecia mejor el horizonte porque en los ojos del que llora no hay paja que moleste.

“¿Cuál fue el prójimo del que fue maltratado por los ladrones?

 —El que se preocupó por él y lo cuidó —contestó el maestro de la Ley.

Jesús entonces le dijo:

—Anda y haz tú lo mismo.” – San Lucas 10:36-37 TLA

FE EN UN MUNDO LLENO DE DUDAS

En un mundo post pandemia, en el que ya es evidente la desigualdad que impera en nuestras sociedades, la falta de fe en quienes nos representan es cada vez menor. Ya no se cree en nada, ya no se cree en nadie, pues quienes debieron defendernos se encuentran luchando por sus propios intereses, y los que no están luchando son tildados de corruptos por los actos del pasado.

La corrupción, el afán por el dinero, el abuso al más necesitado, son algunos de los males que nos carcomen los huesos. Hubiésemos preferido saber que esto solo ocurre más allá de nuestras puertas, pero incluso líderes religiosos se han puesto el traje y tristemente también desfilaron.

En medio de tan terribles escándalos, rogamos a Dios que nos guarde de caída, pero al mismo tiempo preguntamos, ¿Vale la pena tener Fe? ¿Vale la pena apartarse del mal y no dejarse llevar por el vaivén de esta vida?

Como jóvenes muchas son las tentaciones que tocan a nuestras puertas, y al parecer no tienen fecha de caducidad, día tras día somos tentados, y día tras día nos cuestionamos si realmente vale la pena anhelar la Santidad en un mundo profano, o tener Fe en un mundo de dudas.

En la Biblia nos topamos con un joven que tuvo inquietantes similares a las nuestras, Asaf no vio provechoso el creer en que realmente valdría la pena guardarse para Dios.

“Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón,
Y lavado mis manos en inocencia;” – Salmos 73:13 

Todos en algún momento nos hemos sentido así, presionados por un sistema que exalta lo incorrecto y desecha el bien.

¿Qué pasó en la vida de Asaf para que su queja se convierta en alabanza y su tristeza en gozo? El verso 17 nos da la respuesta,

“Hasta que entrando en el santuario de Dios,
Comprendí el fin de ellos.” – Salmos 73:17

Hay cosas que solo se han de entender en la presencia de Dios, pues en un mundo de dudas y de desaciertos, la presencia de Dios es quien nos ha de consolar y solo la Fe en Dios nos guardará de errar en esta vida.

Aquel que sintió envidia por lo que los demás tenían terminó sintiéndose privilegiado por lo que tiene, el tiene a Dios y esto es suficiente. La fe no tiene precio y como no tiene precio no la vamos a vender, porque en un mundo lleno de dudas, la fe es el recurso más valioso.

“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?
Y fuera de ti nada deseo en la tierra.” – Salmos 73:25 

Vida Productiva

No hay nada más incómodo que haber iniciado una tarea y antes de haberla acabado ya tienes otra asignación para completar. Pero este es un estilo de vida que llegó y al cual nos hemos adaptado rápidamente. Toda nuestra tecnología está creada para realizar multitareas, también es tendencia de recursos humanos en nuestras empresas  preferir contratar perfiles multitaskers, y ni hablar de nuestras comunidades de creyentes, donde aprendemos que hacer más equivale a ser más productivos.

Algunas investigaciones científicas no terminan de aclarar si esto nos añadió habilidades nuevas o nos las quitó, como la capacidad de concentrarnos, de poder leer tres páginas de un libro consecutivamente sin mirar la pantalla del celular, por ejemplo.

Ahora bien, ¿qué significa ser un cristiano productivo? Cuando hablamos de productividad nos referimos a administrar los dones y talentos como recursos para el servicio de los demás de manera eficiente, y conocer, por qué, para qué, cómo, el tiempo y el lugar, pero muchas veces sucede todo lo contrario, asumimos esto como, estar en todas partes, hacer todo y con todos.

 «Todo tiene su tiempo y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.»  Eclesiastés 3:1

La vida cristiana es extremadamente activa y si no colocamos los límites correctos en nuestra vida, es muy seguro que nos veremos cargados de actividades que nos lleven a estar estresados, ansiosos y nuestra salud y relación con Dios verse afectada, y ese no es el fin, cierto? En estos últimos meses, durante el tiempo de pandemia, tomé la decisión de aprender, de la palabra de Dios y de personas piadosas  a “cómo ser más productiva” sin descuidar mi salud y mi intimiad con Dios, y me encontré con algunos detalles interesantes que había olvidado poner en práctica y otros ignorados todo este tiempo.

Hoy en día existe un sinnúmero de cursos y aplicaciones digitales que nos pueden ayudar a organizar nuestras agendas, regular el uso de nuestras redes sociales para enfocarnos en las tareas pendientes y automatizar algunas de ellas, sin embargo, todo esto puede llevarnos a solo enfocarnos en completar tareas y olvidarnos de una de las cosas más importantes que nos enseñó Jesús, amar a las personas y recordar que no somos máquinas operarias. Toda nuestra agenda organizada debe llevarnos a amar a Dios sobre todas las cosas y a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Marcos 12:29-31).

Algo que aprendí muy reciente leyendo a la joven escritora Ana Avila acerca de productividad, es que, es muy bueno tener todo un plan bien organizado de lo que haremos en los próximos meses, esto nos da cierta paz y control sobre las cosas, sobretodo a nosotros los «control freak», pero quiero decirte mi querido hermano, aún teniendo todo un plan,  Dios no nos garantiza buenos resultados, porque vivimos en un mundo caído por el pecado, y por esto es muy importante preguntar al que todo lo sabe, Dios, sobre sus planes para nosotros, pues de nada sirve avanzar si tu plan te lleva en la dirección equivocada.

Nosotros, humanos imperfectos, utilizamos la productividad como un medio para obtener logros, encontrar propósito, reconocimiento y seguridad, que nos brinda la ilusión de que controlamos todas las cosas, y de encontrar valor por los méritos obtenidos, pero si algo falla en nuestro plan, llega la frustración y el desánimo a nuestra vida, y aunque nos fuera bien, qué sigue?

Dios, nuestro creador y de todo el universo, preparó buenas obras para tí y para mí para que andemos en ella, que están escritas en su palabra, y caminar en esas buenas obras nos hace realmente libres y verdaderamente productivos. Vivir en Cristo significa tener una mente nueva, transformada para llevar a cabo los proyectos y planes que Dios predestinó para nosotros.

Ser multitareas, querer abarcar muchas cosas a la vez sin hacernos las preguntas claves: por qué, para qué, cómo, será esto lo que Dios quiere para mí? puede mantenernos muy ocupados pero improductivos, con muchas actividades pero desarraigados, pues Dios a cada uno de nosotros no nos ha llamado para hacerlo todo ni a estar en todos lados, sino para ejercer una función específica en la vida, como parte del cuerpo de Cristo.

Tener una vida productiva también es aprender a decir no cuando es necesario. Decir no, no es tan malo como nos han hecho creer, decir no es establecer límites de acuerdo a nuestras posibilidades, capacidades y a la voluntad de Dios para nuestras vidas, y te ayuda a administrar tus recursos de manera sabia. Si te cuesta mayor esfuerzo decir no, cómo sucedía con esta servidora quien escribe, pídele sabiduría a Dios, quien está en la mejor disposición de dártela (Santiago 1:5) y pon en práctica tu dominio propio con pequeñas decisiones que debas tomar en tu día a día.

Ser productivos también significa aprender a descansar, y sí! el descanso es una parte muy importante y espiritual en nuestra vida cristiana, descansar significa confiar,  tener paz, depender de la soberania de Dios en nuestras vidas y darle el control de nuestro tiempo y nuestras agendas al Dios omnisciente, que nos conoce mejor que nosotros mismos. El cristianismo no se trata de lo mucho que hagamos, sino de lo mucho que hizo Cristo por todos al morir en la cruz del calvario, se trata de ser y estar presentes con Dios y tu relación con tus semejantes.

Tenemos un deber de ser buenos administradores de nuestro tiempo, hacer todo lo que como cristianos estamos llamados a hacer, predicar su palabra, ayudar al huérfano, ayudar a la viuda, hacer bien a nuestro prójimo, hacer comunidad con otros creyentes, estudiar y poner en práctica su palabra, no dejar de orar e interceder por otros, y si te fijas, todas estas tareas se tratan de Dios y de los que te rodean.

Si estás caminando en la dirección equivocada, si  has perdido el enfoque, has iniciado proyectos por las motivaciones erradas, o no sabes por qué estás haciendo lo que estás haciendo, o tienes tiempo que no pones en práctica lo que te ha declarado El Señor, entonces es una buena oportunidad para detenerte y cambiar de rumbo,  recuerda que nuestra meta es Cristo y solo arraigados a El podemos dar mucho fruto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Emmanuel

Sion había gozado de ser cetro de justicia y derecho para las naciones, pero tras la muerte del rey David el reinado iba en decadencia. Unos más que otros se apartaban de la ley dada en Horeb y de las directrices dadas por el fundador de la monarquía Davídica.

Aproximadamente en el siglo VIII A.C. Llegaba al reinado el Rey Uzías quien se encargó de administrar y dirigir la nación de Judá. Su vida desde sus inicios marcaba una trayectoria de trascendencia ya que a los dieciséis años inició su reinado tras remplazar a su padre Amasías el cual fue asesinado.

Toda una vida por delante tenia este grandioso joven que a temprana edad Dios le había dado la oportunidad de guiar a su pueblo.

Su reinado fue muy próspero ya que desarrolló en gran manera la agricultura y reconstruyó ciudades devolviéndole en gran parte territorio perdido a Judá. Al mismo tiempo era un tremendo estratega puesto que derrotó a los filisteos y los amonitas y los sometió al pago de tributos. Su gran fama y poderío se extendió incluso hasta la frontera con Egipto. El rey Uzías se había hecho muy popular en otros territorios, no obstante, su gran trascendencia lo llevó a ser un rey orgulloso a tal punto que invalido la Ley y le brotó lepra en la frente, esta enfermedad se fue extendiendo hasta que le fue imposible gobernar y eventualmente murió.

Un golpe fuerte para la nación que marcó un antes y un después en toda Judá; Por lo que vemos en Horeb la imagen de una ley que el pueblo no quiso obedecer y en Sion un reinado que va en decadencia. Y es en medio de este declive nacional que el profeta Isaías tiene una visión.

“En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.” [1]

En el peor año, Isaías vio a Dios. La ironía del mensaje es que esta visión no era el fin de Judá sino el inicio de algo nuevo. El año 2020 pudiese quedar enmarcado en la historia como uno de los peores, pero la pregunta es: ¿Qué estamos viendo?

Como jóvenes podemos estar dotados de muchísimos talentos, pero mientras nuestra vida sea únicamente gobernada por estos no tendremos éxito porque Uzías iba bien, pero terminó mal. Por eso hago hincapié en que no es ver un trono sino ver a Dios en el. El problema en el corazón del hombre es que a pesar de tener a Horeb y a Sion como referencias buscaba ser el un monte incluso más alto.

El mensaje de la visión es claro, no necesitamos a Uzías en nuestra vida sino a Dios porque solo El es capaz de guiarnos por un sendero de humildad, paz y justicia. Finalmente, este año lo enfrentaremos no con nuestras fuerzas y/o talentos sino con Emmanuel, El Dios que está con nosotros.

“Dios mismo les va a dar una señal: La joven está embarazada, y pronto tendrá un hijo, al que pondrá por nombre Emanuel, es decir, “Dios con nosotros”.”[2]

[1] Isaías 6:1 RVR60

[2] Isaías 7:14 TLA

Gracia

A lo largo de la historia siempre ha existido el exclusivismo, por eso vemos una familia por encima de otra, una jerarquía social que humilla a otra y un grupo selecto superior a los demás. Sin embargo, han sido tantas las veces que hemos presenciado esto que finalmente lo hemos aceptado como la norma.

Pareciera que ya no nos afecta saber que la sociedad no es equitativa ni tan siquiera justa y esta idea la hemos llevado a las instituciones, incluyendo a la iglesia. Cuando leemos en los evangelios aquel maravilloso texto que dice: “Les dio potestad de ser llamados hijos de Dios” se debe a que este título por mucho tiempo fue totalmente exclusivo no para a una nación, sino para una persona, a César, sobre quien aún el día de hoy podemos encontrar monedas del Siglo I con su imagen, que llevan la siguiente Inscripción: “DIVI FILIUS” (HIJO DE DIOS), era César y no otro, quien gozaba de este título que lo sobreponía por encima de la humanidad.

Esta norma de la sociedad cambia, cuando el inocente murió por los culpables y en vez de llevar una corona de oro la llevó de espinas… Cristo nos dio el derecho al disfrute de la vida plena, a la paz, al gozo, a una comunidad equitativa y junto a esto la potestad de ser llamados: “Hijos de Dios” porque como dijo C.S. Lewis: “El hijo de Dios se hizo hombre para que los hombres sean llamados Hijos de Dios.”

Por tal razón creemos que el evangelio es inclusivo pues considera a todo el ser humano apto para la salvación y para ser merecedor, a través de la Fe en Jesús, de este divino nombre – DIVI FILIUS. Como nos dice el libro de Tito 2: 11: “La Gracia de Dios se manifestó para salvación a todos los hombres.”

Vivamos el evangelio, Vivamos en la Gracia Inclusiva, que no mira nombres, no mira apellidos, ni cuentas de bancos, mas bien mira un corazón y una fe que anhela avanzar hacia las promesas de Dios.

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