Sueños

Utopía

Siempre que se cuenta una historia se habla de un sueño que traza de inicio su fin. Son el combustible que arde en nuestros corazones. Cada uno a su forma y su color, unos más realistas que otros, así son nuestros sueños.

Pero cuando el sueño pasa a un plano superior, en el que su realización es más leyenda y fantasía que realidad y números, entonces se le conoce como Utopía. La historia se ha contado a través de estos que trascienden la lógica, aquellos que en un momento en el que se pensó que el mundo era plano y al final había un precipicio hacia la nada, se atrevieron a dar la vuelta al mundo. Aquellos que en medio de una crisis, esclavitud y hambruna decidieron alejarse del sistema opresor en búsqueda de una tierra que fluye leche y miel, de modo que, el hecho de ser utópico no es una razón para dejar de soñarlo y por ende de intentarlo.

La Biblia contiene muchas historias que nos inspiran a creer que Dios es capaz de patrocinar nuestros sueños, y mucho se ha hablado de José y toda la travesía hasta su promesa, de David y sus batallas, de Josué y sus hazañas, pero poco se habla del sueño de Dios.

¿Realmente tiene Dios un sueño? En un mundo como el nuestro en el que la maldad reina, la verdad es menospreciada, la violencia es aceptada como norma, y el morbo gangrena de la sociedad, Dios tuvo un sueño.

El problema es que estamos a la espera de su cumplimiento, montados en nuestro barco de emergencia para cuando todo “colapse” ignorando que todo colapsó. Nos sentimos seguros, tenemos nuestro salvavidas, la Biblia en el brazo y la foto del bautizo, a la espera de ser una estadística más en este mundo. Nos llenamos de orgullo al decir que somos el cuerpo de Cristo, somos la iglesia, pero la iglesia está esperando que se cumpla el sueño y la realidad es que no funciona así, nuestra misión es hacer que la utopía de Dios se haga realidad en este mundo, porque yo sin Dios no puedo y Dios sin mí no quiere.

Cuando Jesús nos advierte que tendremos persecución y muerte por seguir su mensaje, lo hace asumiendo que el mensaje de un Reino de justicia y equidad en un mundo avaro y egoísta tendrá sus consecuencias, es el mensaje en si lo que trae las consecuencias, pero si dejamos ese mensaje a un lado, no nos van a perseguir, porque seremos parte del sistema, si dejamos de soñar el sueño de Dios es porque ya hemos estado soñando el sueño del mundo, llámele americano, o como mejor le parezca. Dios tiene un sueño y la iglesia tiene una gran responsabilidad en su cumplimiento.

Continuará…

FE

“¡Jerusalén, Jerusalén! Si llegara yo a olvidarte, ¡que la mano derecha se me seque! ¡Que me corten la lengua si por estar alegre dejo de pensar en ti!”[1]

Los israelitas habían sido lacerados por mucho tiempo y su Fe corría peligro de extinguirse. Este era el temor que imperaba en muchos profetas de la época que de alguna u otra forma buscaban hacer que la Fe trascienda a un plano en el que ningún ejercito pudiese hacerle daño.

Hasta ese momento la Fe era una fe condicionada, una Fe que dependía de un lugar; El mismo Salmos 137 nos detalla aquella pregunta que no tuvo respuesta: “¿Cómo cantar las canciones del Señor en una tierra extraña?”[2]  No se concebía una adoración fuera de Jerusalén, no se imaginaba una fe sin templo.

Pudiésemos pensar que ya hoy día no existe algo como tal, pero si algo nos ha enseñado esta pandemia es que muchos de nosotros dependíamos de un lugar, una Fe acomodada a una situación.

¿Cómo poder tener vida de iglesia si los templos permanecen cerrados? Eran de las preguntas que nos hacíamos y que aun hoy, muchos no han podido responder.  Cuando nuestra Fe depende de algo efímero, Dios se las arreglará para que nos demos cuenta de que esa Fe tiene tiempo de caducidad.

Dios nos está llamando a avanzar y esto implica Fe, una Fe que ve, escucha y desarrolla lo que ningún hombre ha alcanzado, por lo que nuestra única dependencia debe ser Dios y lo que ya él ha dicho.

En la serie anterior preguntábamos ¿Puede un esclavo ser feliz? Porque la felicidad en su definición depende de ciertas situaciones, la realidad es que, mientras nuestra felicidad dependa de algo fuera de Dios será ola en mar que viene y va.

El pueblo lacerado trascendió cuando su confianza dejó de estar en un rey, en una ciudad, en un templo, igual nosotros, trascenderemos cuando nuestra fe dependa únicamente de Dios.

“Los que confían en Dios son como el monte Sión, que nadie puede moverlo.”[3]

[1] Salmo 137:5-6 TLA

[2] Salmos 137:4 NVI

[3] Salmos 125:1 TLA

Sión

El monte Sinaí en su momento llegó a representar el clímax de un pueblo que recién se convertía en nación. Tenia tierra, leyes y un Dios a quien servir. La descripción que se nos da en el libro de Éxodo resulta ser espeluznante puesto que el mismo pueblo sentía miedo de acercarse al monte. [1], incluso Moisés les advierte que:

“El pueblo no puede subir al monte Sinaí.” [2]

No obstante, es en este lugar que son dados los 10 mandamientos. El simbolismo que generó Sinaí entre aquella generación los llevó a desarrollar toda una teología prácticamente geográfica que se apoyaba en los diversos eventos que se contemplaron allí. Sinaí que también se le conoce como el Monte de Jehová [3] o Monte de Moisés (En árabe). Era el símbolo de una liberación conceptual que giraba en torno a la contemplación de una ley utópica dada por Yahveh.

A pesar de haber contemplado lo que ocurrió en aquel monte, hicieron lo malo delante de los ojos de Yahveh. El incumplimiento de la Ley había vuelto efímera aquella liberación de Egipto. Sinaí pasó de ser un evento de liberación a un evento de esclavitud. Hay en la historia Bíblica otro Monte, del cual se dice que:

“Es alto y magnífico; ¡toda la tierra se alegra al verlo! ¡El monte Sión, el monte santo, es la ciudad del gran Rey!” [4]

Ahora la teología gira en torno a Sión, que se ha convertido en sinónimo de esperanza, liberación y paz totalmente contrario a la idea de Babilonia de ser un sistema de Injusticia, esclavitud y guerras.

“Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos, y llorábamos al acordarnos de Sión” [5]

Era el sentimiento perenne de la época, lo que todo el mundo sentía cuando se despertaba. Todo el judío deportado en medio del cautiverio anhelaba llegar a Sión, los esclavos negros en los Estados Unidos vieron en Sión una patria que no les iba a oprimir ni a rechazar, de modo que Sión dejó de ser un lugar geográfico y se convirtió en símbolo universal del anhelo de los pueblos que carecen de justicia y andan errantes sin un norte al cual seguir.

El paralelismo que encontramos entre ambos montes nos lleva a cuestionarnos, ¿En qué monte estamos? Puesto que uno da hijos de esclavitud y otro hijos de libertad. La Biblia en relación con Sinaí nos dice que: “Ustedes no se han acercado a una montaña que se pueda tocar o que esté ardiendo en fuego; ni a oscuridad, tinieblas y tormenta” [6]

Recordándonos lo terrible de aquel momento, pero más adelante nos dice que: “Por el contrario, ustedes se han acercado al monte Sión” [7]

Al acercarnos a Sión vemos no una imagen espeluznante en el que el pueblo no se le permite subir sino una sangre que habla mejor que la de Abel y a un Jesús que nos recibe con los brazos abiertos, veo aun la imagen de una liberación permanente e inclusiva pues como dijo el Salmista:

“Sión, el gozo de toda la tierra.”[8]

[1] Éxodo 20:18 NVI

[2] Éxodo 19:23(a) NVI

[3] 1 Reyes 19:8

[4] Salmos 48:2 NTV

[5] Salmos 137:8 NVI

[6] Hebreos 12:18 NVI

[7] Hebreos 12:22 NVI

[8] Salmos 48:2 RVR60(a)

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